Macrobiótica sin prohibiciones. ¿Es posible?

Facebook
Twitter
Follow by Email

Practicar macrobiótica sin prohibiciones ni rigidez es una actitud que va tomando su lugar entre sus adeptos, aunque fuera del sector de personas que la conocen aún provoca cierto miedo y reticencias. Porque la imagen que siguen teniendo la mayoría de las personas de la macrobiótica es la de una dieta. De una dieta, además restrictiva, un poco sosa y “cuadriculada”.

¿Es posible la macrobiótica sin prohibiciones, ni pautas rígidas y sin fomentar el miedo a ciertos alimentos “nocivos”, a estar “demasiado yin” o “muy yang”?

¡Pues claro! Si no, no sería MACRObiótica, sino esa dieta estrecha y limitada en el tiempo de la cual nos aburrimos y, como cualquier otra dieta, acabamos por dejar para volver a esos alimentos que generan tanto “placer” o que sentimos adecuados sin saber con certeza si realmente los necesitamos.

La macrobiótica está ideada para aportarnos, como su nombre indica, grandeza y un camino de vida. Entonces, no nos puede aburrir ni tampoco nos hace sentir mal porque su objetivo es acercarnos a un mayor equilibrio, durante toda la vida.  El aburrimiento proviene a menudo de la insatisfacción, de una vida repetitiva y mecánica. El aburrimiento hacia una práctica determinada, llámese macrobiótica, yoga o meditación proviene además de la falta de evolución en la misma.

En Yoga podemos hacer uttanasana (estiramiento hacia delante de pie) y adho mukha svanasana (postura del perro boca abajo) cada día, y cada día de nuestra vida nos pueden aportar algo diferente porque ni nosotras estamos igual, ni los ajustes en las posturas serán los mismos ni su práctica será en la misma secuencia de posturas.  Por otro lado, la variedad de posturas y de secuencias practicadas pueden ser infinitas en cuanto a combinaciones y podemos experimentar los diferentes efectos en nuestro cuerpo-mente según la combinación elegida. Con el alimento pasa lo mismo: podemos comer arroz integral muchos días del año durante muchos años, mijo, cebada, garbanzos, verduras… y podemos combinarlos en infinitas variaciones, en muchísimas cocciones, hacer platos nuevos cada día y menús deliciosos según nuestras apetencias.

Una alimentación nutritiva, consciente y con tantos ingredientes, estilos de cocción y combinaciones empleadas como en la macrobiótica es difícil que aburra. Si te aburre, sientes que te limita o no te deja satisfecho/a, algo has de cambiar en tu manera de cocinar y de comer. Y quizás también en tu relación emocional con el alimento o en el concepto que tienes de la macrobiótica.

Porque la macrobiótica no es una dieta aunque sí incluye la alimentación adecuada y consciente, ni tampoco una filosofía aunque sí proporciona en sus libros de referencia información sobre filosofía, ni una terapia aunque sí puede ser altamente sanadora, ni un estilo de vida en concreto porque cualquier persona de cualquier estatus social e ideología la puede practicar, ni está basada en una manera de comer oriental desde que la hemos re-adaptado a cada región del mundo y a los alimentos que se cultivan en cada lugar. La macrobiótica reconoce los efectos profundos que tienen todos los alimentos, el medio ambiente, las actividades y la actitud en nuestro cuerpo-mente-emociones. Ningún alimento está prohibido en la macrobiótica porque trata del estudio de los efectos de todos los alimentos. «¡Las personas pueden comer de todo!», afirma Michio Kushi en el capítulo 1 de su «Libro de la Macrobiótica».

Entendida de esta manera, cabe cualquier tipo de alimentación y estilo de vida en la macrobiótica siempre y cuando nos lleven hacia nuestro centro, a un mayor equilibrio y nos mantengan conectados/as con lo natural y apropiado para nuestra evolución humana y planetaria.  Tal y como afirma Phiya Kushi: “La macrobiótica tiene que ver con el equilibrio y la armonía con el medio ambiente y, por lo tanto, con respecto a los alimentos, lo que puede ser bueno para uno puede no serlo para otro. El término, «dieta macrobiótica», es un nombre inapropiado, no existe”.

La manera en que nos desenvolvemos con nuestra alimentación cotidiana tiene mucho que ver con nuestro estado emocional, a cómo asociamos ciertos platos a emociones placenteras derivadas de la relación que hemos tenido con la comida en nuestra juventud, al hecho de tener que comer, tanto desde el placer como desde la obligación, a la importancia del tiempo destinado a compartir o no mesa durante las comidas de nuestro hogar familiar, a las costumbres gastronómicas que nos enraízan a nuestra tierra de origen…

También, cuando una persona no se quiere desapegar de ciertas emociones, actitudes y creencias, busca nutrirlas a través de alimentos físicos que las perpetúan. Por ejemplo, la negativa a soltar la ira, rabia o agresividad mantiene a la persona aferrada a una falsa necesidad de carne. Y, además, la parte de nuestro inconsciente colectivo asociado al género de mujer u hombre, que vibra con la relación entre el concepto “dieta” = a privación y negación del placer fruto de asociar cualquier corriente alimentaria, sea macrobiótica, paleodieta, crudivorismo o “dietacualquiera” a restricciones, privaciones y por tanto sufrimiento, también determina cómo nos desenvolvemos con nuestra alimentación cotidiana.

Por un lado, la sociedad actual nos ha inculcado tanto la necesidad de hacer dieta para cumplir con sus exigencias, nos somete a la dictadura de la imagen y a una falsa auto-estima basada en lo que impone como belleza, que actualmente muchas personas mantienen enfado interior debido a este machaque y se rebelan contra cualquier tipo de alimentación pautada e incluso prefieren seguir comiendo cosas que las dañan que “ser estrictas”.

Por otro lado, esta misma sociedad actual también fomenta la idea de que el placer deriva de todo lo prohibido, lo que engorda, lo que dispersa y descentra, la evasión, lo caro y elitista… Con esto potencia adicciones que sumen en insatisfacciones y que las personas se alejen de lo esencial, del placer que se siente de manera natural al ser feliz y disfrutar de las cosas sencillas, de lo cercano, de la vida sin rimbombo, de lo que el universo nos da con tanto amor, de la comida sencilla, de los sabores puros y naturales.

El placer y la sociabilidad no son contrarios a la práctica de la macrobiótica. Puedes convertir cualquier plato tradicional en otro saludable, equilibrado, vegano, elaborado con ingredientes de la tierra sin dejar de disfrutar de tu gastronomía. Es muy macrobiótico disfrutar de una comida o cena en un restaurante, eligiendo esos platos deliciosos que no te dañan para nada y compartir momentos sociales con tu familia y amistades.

UN MENÚ QUE TE HARÁ SENTIR MUCHO PLACER

Como aprieta el calor, te propongo un menú veraniego refrescante, relajante y muy sensual para que lo disfrutes mucho.

Crema fría de no-tomate con crujiente de puerro

 

Ingredientes: 2 cebollas grandes, 4 zanahorias, media remolacha, 1 hoja de laurel, puré de umeboshi.
Cortar la cebolla a medias lunas, las zanahorias en rodajas finas y la remolacha a cubos.
Calentar el aceite en una sartén y añadir las cebollas, un poquito de sal y saltear hasta que esté traslúcida. Añadir las zanahorias, la remolacha y el laurel y seguir salteando hasta que estén hechas. Añadir agua hasta cubrir y cocinar durante 20-30 minutos con tapa. Quitar el laurel y triturar junto al puré de umeboshi. Dejar enfriar.

Cortar tiras de la parte blanca del puerro y freírlas hasta que estén doradas y crujientes. Dejarlas que suelten todo el aceite sobre papel de cocina antes de ponerlas sobre la crema.

Pastel de quinoa con bechamel y parmesano de almendra

Ingredientes: 1 vaso de quinoa, 200gr de cebolla morada, 200gr de calabaza asada, 200gr de kale, aceite de oliva virgen extra, sal marina

Lava y hierve la quinoa en dos vasos de agua con una pizca de sal (15mn aproximadamente). Limpia, trincha y saltea la cebolla morada en AOVE, añade la kale también cortada finamente y una pizca de sal marina (10mn). Una vez hervida, mezcla la quinoa con estas verduras.

En una fuente para hornear aceitada, pon una capa de esta mezcla de quinoa con verduras, otra capa de pulpa triturada de calabaza asada, y otra capa de verduras con quinoa. Encima, pon la bechamel y el parmesano vegano y gratina 5mn o hasta que esté dorado.

Bechamel: Leche de avena, Cebolla rallada, Harina integral tamizada o arrurruz, Nuez moscada, Aceite de oliva, Sal.

Sofreír la cebolla en aceite de oliva y una pizca de sal hasta que esté tierna y traslúcida, agregar leche de avena y diluir harina. Sazonar con nuez moscada. Remover hasta que quede una salsa espesa. Si se hacen grumos, se puede pasar por la batidora.

Parmesano vegano: 50gr de almendra molida + 1c.s de levadura nutricional + 1c.s de ajo en polvo + una pizca de sal marina.

Buñuelos de lentejas rojas

Ingredientes: 1 vaso de lentejas coral, parte verde del puerro, comino molido, AOVE, sal marina.

Lava las lentejas y remójalas 5h. Tritúralas. Limpia, corta finamente el puerro, saltéalo en AOVE con sal marina y comino (10mn). Mézclalo con las lentejas, coge una cucharada de masa y fríela en abundante aceite hasta que esté dorada y crujiente. Escurre los buñuelos sobre papel absorbente.

Ensalada roja con salsa de nueces

Ingredientes: col lombarda prensada, zanahoria rallada, achicoria, remolacha cocida cortada a medias lunas. Disponer la verdura en círculo como si fuera un mandala.

Aliño de nueces: nueces, vinagre de arroz, tamari, AOVE, agua. Mezclar, triturar. Ha de quedar consistente.

Tartaletas de frutas

Ingredientes: 2 melocotones, 4 ciruelas, 2 peras, 1 paquete de masa de hojaldre bio.

Hacer círculos con un cortador con la masa de hojaldre. Ponerla sobre moldes individuales de tartaleta. Cortar toda la fruta a gajos y ponerla sobre la masa. Hornear 10- 15mn.

© Artículo de Agnès Pérez. Todos los derechos reservados. Lo puedes compartir desde esta web. Si deseas difundirlo en otra web o revista, ponte en contacto conmigo.
Más información sobre consultas y cursos de macrobiótica aquí.:
hola@agnesmacrobiotica.com
Tel: (+34) 638 893 371
Scroll to top